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Diecisiete mujeres a las que nadie les enseñó a leer y escribir

Por Alejandra Rodenas*

Hace veinte años que trabajo en la justicia penal.
Antes fueron otros seis en la Justicia, en otros fueros, no menos complicados que el mío.
Tenía 23 años cuando ingresé al tribunal.
Usaba el pelo rojo, violeta, zapatillas rosas y cuando no llovía iba a trabajar en una bicicleta rosa, esa, la que alguna vez usó el viejo Hulsman cuando vino a Rosario y se perdió en el hotel donde se alojaba.
He hecho lo que se llama “una carrera judicial”. A muchos esto les da urticaria, a otros sólo nos implica el desarrollo de un oficio en el cual aprendimos que todas las familias son terribles y a la vez maravillosas.
De los veinte años en el fuero penal, seis fui funcionaria -secretaria de un juzgado- y 14 (sí…un montón) años hace que soy jueza penal. Jueza en lo Penal de Instrucción, para mayores precisiones, o para que se entienda mejor en el viejo sistema penal que dejaremos atrás, el juez que investiga y además sanciona, pero no condena. Eso, es para los jueces de sentencia.
Para los que ya se hayan aburrido con estas explicaciones, les digo que lo aclarado -que no siempre oscurece- es para los opinólogos de la zona que en muy pocas ocasiones han puesto su cuerpo -sentado o parado lo mismo da- en una estructura deficitaria y somnolienta.
Pero muchos de nosotros no hemos dormido la siesta.
Muchos.
Cuando juré como jueza luego de rendir un concurso y juré -allá por el año 1999- ya funcionaba en la provincia de Santa Fe un foro de jueces de penales.
Reuniones, notas, pedidos, reclamos, visitas, críticas hacia adentro y hacia afuera…..la crisis de la situación de los presos en las cárceles y en los ámbitos del Servicio penitenciario nunca nos fue ajena, nunca nos pasó por al lado como un dato menor. Ni eso ni el desempeño muchas veces errático e ilegal de la policía y los auxiliares de la Justicia.
No es este un alegato oportunista, como alguno podría pensar.
Es simplemente una reflexión acerca de un dolor ajeno que se me pegó en el alma hace tiempo, pero que hoy sentí más cerca. Casi como un cansancio.
Hace un mes las presas de la Alcaidía de mujeres interpusieron un habeas corpus en el juzgado a mi cargo: denunciaban una serie de irregularidades, por llamarlas con cariño, que violaban la mínima dignidad exigida en su lugar de detención. De acuerdo a la normativa vigente el Poder Ejecutivo fue emplazado -el Poder Ejecutivo no el gobierno para que no nos confundamos….el Ejecutivo como todos los poderes ejecutivos que durante estos años treinta años han gobernado y que deben hacer cumplir la Constitución Nacional, sea del partido que sean- para que en el término de 20 días haga lugar a las mejoras indispensables para que un grupo de mujeres puedan cumplir su tiempo de detención en un lugar posible. Hoy fui inspeccionar si los trabajos se habían realizado.
Algunas mejoras se hicieron. Algunas y no me detengo en ello porque es parte de un trámite que aún no ha terminado y adelantaría una opinión y no corresponde.
Pero cuando pedí hablar con las detenidas, hablar, sí, escuchar que les estaba pasando más allá del ventilador o del cable suelto que ya no cuelga, una de ellas, con mucho respeto me dijo algo que me partió el día en dos.
No es la primera vez que lo escucho, he ido a muchísimas visitas y he firmado muchísimas notas haciendo saber que la situación era insostenible, pero hoy, lo sentí como la primera.
Me dijo: ” Doctora el tiempo no pasa acá adentro”
Lo entiendo, claro que lo entiendo y allí, en ese acudir a lo más básico le pregunté: ¿cuántas de ustedes saben leer y escribir?

-Sólo trece y somos treinta.
Hay algo más que la salubridad y la limpieza.
Afuera pegaba fuerte el sol en la vereda de La Paz 440, el corazón de la ciudad de pobres corazones y de los pibes sin calma.
Para mis amigos lectores, escribas, poetas.
Ya sé cuál es el Ministerio al que mañana cursaré la nota del reclamo.
No inauguro con esto un foro de discusión ni un espacio para el aplauso o los sermones. Sólo para que lo pensemos. Diecisiete mujeres que en pleno siglo 21 no saben leer ni escribir.
Nadie nunca les enseñó.

Jueza de Instrucción N°2 de Rosario.

 


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