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La primera crisis

Por Ernesto Tenembaum

El lunes 6 de noviembre, Carla Vizziotti fue a trabajar al Ministerio de Salud luego de unas breves vacaciones y se encontró con una sorpresa: su superior, el epidemiólogo Jorge San Juan, le dijo que tenía que retirar sus pertenencias, que había sido despedida. Vizziotti era, hasta ese día, la jefe de la Dirección Nacional de Vacunación. Es una científica que goza del respeto unánime de sus colegas quienes, entre otros reconocimientos, la han designado presidenta de la Comisión de Vacunas de la Sociedad de Epidemiología.

Preguntó por las razones del despido. San Juan se excusó: «Es una decisión política que no tomé yo». La persona que tomó la inexplicable medida fue el ministro de Salud, Jorge Lemus, que no pudo dar la cara tal vez porque está en un viaje de quince días por la extensa República Popular China. A su regreso, le espera una de las primeras crisis del Gobierno que integra: la que tiene como centro a su propia gestión.

Mientras Lemus tomaba la decisión de despedir a lo más idóneo del personal que heredó, por fuera del Ministerio, en la Jefatura de Gabinete, le ordenaban que desplazara a su propia segunda línea. En la Casa Rosada están alarmados por informaciones de fuentes cruzadas que coinciden entre sí. Por un lado, varios gobernadores se quejaron porque los remedios no llegaban a tiempo a sus distritos, entre ellos la influyente María Eugenia Vidal. Además, las planillas oficiales reflejan números llamativos. La distribución de botiquines del plan Remediar disminuyó en este año alrededor de un 30% de promedio en las distintas provincias. Los programas con mayor impacto social tienen niveles de ejecución sorprendentemente bajos: a mediados de noviembre, por ejemplo, solo se gastó la mitad de lo presupuestado para la lucha contra el SIDA. No es casualidad que se consuman menos preservativos si no hay campañas de prevención.

Las ong más prestigiosas del área se cansaron de transitar los pasillos del ministerio para pedir que se pongan al día con los reactivos, hasta que finalmente consiguieron interlocutores en la Casa Rosada que ayudaron a destrabar expedientes pero registraron el problema. Además, la persona de confianza que Jefatura de Gabinete había designado debajo de Lemus estaba escandalizada por las cosas que ocurrían frente a sus narices. Este cúmulo de situaciones explican las diversas notas que aparecen en los diarios donde se cuenta que el presidente Macri evalúa la gestión de sus ministros, especialmente la de Lemus. Ayer, el jefe de Gabinete, Marcos Peña, ratificó en su cargo a Lemus, informó que habría cambios en la segunda línea del ministerio, pero que no se debían a una crisis sino a la necesidad de mejorar cada día la gestión. Como si se tratara de un miembro experimentado de la clase política, hizo de toda el problema una cuestión semántica: que no se llame crisis a la crisis.

El origen del fracaso del primer año de la gestión de Salud macrista tal vez se explique por la manera en que se loteó el Ministerio. Lemus es un hombre de confianza de Macri. Pero su segundo, Néstor Pérez Baliño fue colocado por el radicalismo. El dueño de la caja del Ministerio, desde el pasado 10 de diciembre, se llama Daniel Bosich. Fue colocado allí por Alberto Mazza, ex ministro de Salud de Carlos Menem y ex jefe, en los dorados años 90, del propio Lemus. Bosich y Pérez Baliño tenían entre sí una relación pésima, a punto tal que el segundo desliza ante quien quiera oir que el primero no solo era ineficiente, trababa las compras de los planes más sensibles, sino que además la honestidad no era una de sus pasiones. Años atrás, Bosich fue auditor de AYSA por decisión de Julio De Vido. Quien observaba atónita todo esto era la subsecretaria de prevención Marina Kosacoff, una técnica que trabajó mucho en el Cippec, también durante cinco años con el ex ministro Manzur y esposa de uno de los economistas influyentes del Banco Central.

Los tres –Pérez Baliño, Bosich y Kosakoff– ya están afuera de sus cargos pero por métodos diferentes. A Pérez Baliño le van a desdoblar la secretaría y tal vez le den un cargo consuelo. Bosich será reemplazado por María Cecilia Loccisano, quien además de ser una profesional de carrera es la mujer de Jorge Triacca: quizás a través suyo los sindicatos logren aun más control de los fondos de Salud. Kosakoff, en cambio, se fue sola, cansada del ninguneo que sufría por parte del equipo ministerial, que siempre la sintió y la hizo sentir como un personaje ajeno al grupo.

Toda esta información está en manos de la jefatura de Gabinete, cuyo dilema central ahora es qué hacer con Lemus. Por ahora, Macri insiste en que siga. Pero, ¿sirve tener un ministro cuya segunda línea es designada por otra gente? ¿No significa eso vaciarlo de poder? ¿Será demasiado costoso desplazarlo? Cuando empezó a percibirse en las encuestas que Macri podía ser presidente, Alex Freyre, por entonces dirigente de la comunidad LGBT y apasionado militante kirchnerista, advirtió que morirían los enfermos de SIDA porque no tendrían medicamentos. Freyre fue desautorizado por todo el mundo, entre ellos por la indiscutible Fundación Huésped.

De no haber intervenido la jefatura de Gabinete a tiempo, este año tal vez se hubiera cumplido algo de la profecía de Freyre. Por eso renunció el director de SIDA, Carlos Falistocco. Las demoras en las compras de preservativos obligaron a distritos como la provincia de Buenos Aires a convocar a licitaciones por primera vez. Muchos ojos están mirando todo este extraño proceso. Los costos de una mala decisión, a la larga, serán muy altos.

Para intentar salir del laberinto, el Gobierno está por realizar un anuncio que será muy discutido. Se llamará ‘Cobertura Universal de Salud’. No está claro aún en qué consiste, no se conocen documentos, apenas un escueto power point, pero -básicamente- se le otorgará a la población más vulnerable una tarjeta que le permitirá adquirir medicamentos a bajo costo en el circuito comercial, que a su vez recibirá su compensación por parte del Estado.

Lo presentarán como un gran avance social. Sin embargo, ese modelo es muy discutido entre los especialistas del área, muchos de los cuales creen que el Estado debe comprar medicamentos y abastecer con ellos a la población más vulnerable, o directamente fabricarlos. Los expertos en SIDA dicen que, con el mismo presupuesto, el sector público cubre a tres veces más enfermos que el privado. El sistema por el cual el Estado es proveedor e incluso fabricante de medicamentos funciona en Santa Fe, con grandes ahorros y ningún negociado. Claro: para que eso ocurra se necesitan funcionarios honestos y capaces. ¿No era en eso que se especializaba Cambiemos? Por otra parte, el sector privado se beneficiará mucho del sistema que pretende implementar el Gobierno: será muy difícil que todas las miradas no se posen, durante el debate, en la principal cadena de farmacias del país.

La crisis del área de Salud es apenas una más de las que agitaron a diversos ministerios durante este difícil año. Economía hizo pronósticos que nunca se cumplieron. Mes a mes, el mismo Gobierno se sorprende con la lentitud del arranque de la obra pública. Cancillería se involucró innecesariamente en problemas ajenos, como la elección norteamericana. Energía diseñó de manera torpe e interesada el aumento de tarifas, a punto tal que fueron obligados a dar marcha atrás. No es que la herencia haya sido sencilla. No es que no puedan dar vuelta la historia. Pero ante esta realidad, la idea del Dream Team, del mejor equipo de los últimos cincuenta años, parece difusa. Si éste existe, como mínimo, aun no ha desplegado su talento en toda su intensidad.

Por lo pronto, sería razonable que en la conducción del Estado se detecten las cosas que venían funcionando bien antes del desembarco de Cambiemos. Despedir a personas idóneas de mala manera e intervenir equipos que funcionaban bien con personas ajenas a ellos no es el método más ortodoxo para lograrlo.

Fuente: El Cronista.


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