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Asesinos por naturaleza

Por Raúl Torre*

Nuestra cultura, derivada de sus orígenes europeos, reconoce como asesino a quien mata por dinero. En la antigua clasificación italiana, que se remonta a los textos romanos, a esta modalidad se la ha denominado latrocinio. El fin es el lucro y el homicidio es el medio para alcanzarlo. Este tipo de crimen es también llamado homicidio mercenario o asesinato propiamente dicho.

El Código Penal Argentino tipifica como circunstancia agravante del homicidio, al que matare: … 3) por precio o promesa remuneratoria…, e impone la pena de reclusión o prisión perpetua, pudiendo aplicarse la reclusión por tiempo indeterminado.

El vocablo assesino identificaba en principio a los integrantes de una secta de musulmanes fatimitas, que encabezaban el movimiento de los chiítas ismailitas y el fin de su existencia constituía la eliminación de las principales personalidades religiosas, militares y políticas musulmanas o conseguir dinero de ellas a cambio de protección.

La secta de los Hashshasin, Hashishin, Hashashiyin, Assassins, asesinos o “los consumidores de hachís”, tendría su origen en 1090 y su objetivo era acabar con los gobernantes corruptos, eliminándolos, para de este modo devolver al Islam su pureza original. Sin embargo los assesinos evolucionaron y cuestionaron la fe islámica y percibieron que el mundo debe asistir a una evolución y transformación mediante acciones. Esta revelación permitiría más adelante el reconocimiento de un dogma para la organización de los hashishins, por lo tanto en el aspecto filosófico, no eran musulmanes ortodoxos. Podían reverenciar a una deidad hindú o abrazar el bautismo.

Probablemente, el aspecto más conocido de los assesinos era la del crimen político.

Una vez que anoticiaban la condena a muerte de un líder político o religioso, la eliminación era inexorable. Si el joven assesino enviado fallaba en su execrable misión, se persistiría comisionando a otros, siempre armados con puñales, una y otra vez, hasta conducir a la muerte a la infortunada víctima previamente señalada.

El fundamento de su ideología consistía en el convencimiento de que la práctica del asesinato debía consistir en una expresión artística, cuyo máximo exponente consistió en un refinado empleo fatal de la daga, a la que usualmente impregnaban con algún veneno.

Mientras estuvo activa esta secta, unos dos siglos, no existió magnicidio en su geografía inmediata en la que no estuvieran involucrados. Su sola mención inspiraba terror. Fueron gestadas expediciones militares para exterminarlos, pero todas sin resultado.

La historia de los assesinos 

Marco Polo fue uno de los primeros cronistas en hablar de los assesinos.

Las crónicas que relatan las actividades de la secta conocida como assesinos provienen de una pluralidad de fuentes medievales fundamentalmente de datos de cronistas como Guillermo de Tiro y Marco Polo; a quien los assesinos deben este erróneo apelativo producto de la involuntaria equivocación de Marco Polo al realizar la traducción.

Otra de las primeras referencias a esta secta iniciática fue realizada por el clérigo alemán Brocardus que vivió durante muchos años en Armenia. El rey Felipe VI de Francia estaba preparando una nueva cruzada a los Santos Lugares y Brocardus le ofreció unos escritos a modo de guía de viaje con consejos para los expedicionarios. En el apartado de los peligros el religioso hablaba de los assesinos pero sin darle ninguna connotación política o religiosa; los describía como mercenarios con poderes casi mágicos para mimetizarse o desaparecer entre la gente de la región imitando su aspecto y lenguaje. Ante la imposibilidad de reconocerlos, el cura aconsejaba no tomar a ningún nativo como criado durante el viaje.

En efecto hacia fines del siglo XII no existía en ningún idioma europeo un término que designase a quien mataba por obediencia debida, por ello el origen de los assesinos aun hoy se desconoce en Europa y solo se comprende vagamente en Oriente. Su historia, sus secretos sus escritos y rituales se perdieron en el siglo XII, cuando el último viejo de la montaña (escalafón superior de la jerarquía de los assesinos), se rindió a los mongoles de Genghis Khan. Pero algunos de los discípulos consiguieron salvarse refugiándose en la India.

Los assesinos también pueden verse como una secta islámica herética, una escisión chiíta que, a su vez, se dividió más adelante en los duodecimanos (mayoritarios) y los septimanos o ismaelitas, para quienes Ismael fue su séptimo y último imán. De esta última facción se escindieron los hashashin (consumidor de hachís) a raíz de una disputa respecto de la sucesión en el imanato. El conflicto habría surgido en Egipto, a finales del siglo XI, debido a que los ismaelitas -que por entonces ostentaban el poder- colocaron a un hijo del califa Mustansir como nuevo imán, pese a que anteriormente se había designado a Nizar. Esta situación actuó como desencadenante y Hassan Sabbah, el primer viejo de la montaña permaneció leal a Nizar, estableciendo su propio grupo en Persia. La base principal se instaló en la fortaleza de Alamut, el nido de las águilas, situada en las montañas cercanas al mar Caspio; para luego extender su control a los ismaelitas de Siria, en Masyaf, cerca de Hamah, en el siglo XII. El centro del movimiento de los assesinos en Alamut cayó en su poder en el 1090, fecha que los historiadores suelen considerar como el nacimiento de la secta.

Al ser Nizar ejecutado en Egipto sin dejar ningún sucesor, el imanato quedó vacante y fue Hassan quien lo asumió, convirtiéndose en representante del imán y creador de la sociedad haslwshin.

Si nos ceñimos al aspecto religioso-intelectual de los assesinos, la escisión nizarí derivó progresivamente en planteamientos gnósticos que tenían cada vez menos relación con el chiísmo ortodoxo (una de las principales ramas del Islam). Previamente a la eclosión del sufismo -del árabe, suf, que significa lana-, fueron los assesinos quienes representaron la corriente sincrética y gnóstica identificable también en algunas sectas cristianas.

Esta heterodoxia gnóstica llevó a Hassan ll, el tercero de los sucesores del primitivo viejo de la montaña, a convocar el decimoséptimo día del mes de Ramadán a todos los nizaríes de Persia para proclamar la Resurrección. Esta consistió en derogar las leyes religiosas y civiles. Comenzaron por beber vino en el mes del ayuno; desde ese momento, la única ley a seguir fue la palabra del imán, es decir del propio Hassan.

La Resurrección nizarí fue, supuestamente, uno de los puntos en los que la distinción entre saber esotérico y exotérico dejó de tener sentido. Como buenos gnósticos, concluyeron que la verdadera religión era una cuestión de conocimiento interno para iniciados que se traducía en la devoción sin límite hacia el imán. Todos los que rechazan al imán son el pueblo de la oposición, y, en realidad, resultan no existentes; entre los ismaelitas que no participaron en la Resurrección está el Pueblo del Orden.

Entre tanto, los nizaríes sirios llevaban a cabo también su versión particular de la Resurrección, guiados por su líder Rashid al-Din Sinan.

Aliados de conveniencia de cada uno de los dos poderes, llegaron, inclusive, a proponer al rey Amalrico de Jerusalén convertirse al cristianismo y aliarse contra el poder sunní. Esta conversión, impensable en un chiíta, puede explicarse porque Sinan creía poder interpretar esotéricamente el cristianismo sin diferencia alguna con el Islam. Fueron precisamente los templarios los que impidieron esta infiltración de imprevisibles consecuencias mediante distintas maniobras de fuerza; con la muerte de Amalrico, el proyecto quedó olvidado.

Hassan III, que ascendió al poder en 1210, revocó la Resurrección promovida por su abuelo y por su padre, y reintrodujo el Islam exotérico. Pero no cualquier Islam adoptó el sunnismo. Se alió con el califa de Bagdad -uno de los líderes más importantes de esa zona y por primera vez, llevó a sus súbditos a la guerra abierta, abandonando la tradicional técnica terrorista, y expandiendo su territorio.

En 1221, Hassan murió de disentería y le sucedió Mohammed III, su hijo adolescente, un psicópata de perfil similar al de los más depravados emperadores de la Roma decadente, y que deshizo la obra de su padre para retornar al estilo nizarí tradicional.

En 1256, Oulagu Khan llegó con sus tropas al territorio nizarí y cercó el castillo donde residía el nuevo soberano de los assesinos, Khur Shah. Derrotado por el poderío mongol, acompañó a Oulagu en la caída de las fortalezas de la secta. Completada la conquista, y de acuerdo con las pautas de comportamiento de las hordas mongoles, los assesinos de Persia resultaron sistemáticamente exterminados y borrados para siempre de la faz de la Tierra como poder real.

En Siria, sin embargo, los mongoles fueron parados en seco por los mamelucos del sultán Baibars, y los nizaríes aliados con él sobrevivieron y perduraron en el tiempo. En Egipto, se sigue profesando esta creencia en pleno siglo XXI, aunque, naturalmente, prescindiendo de los rasgos más folklóricos de los antiguos assesinos.

De los originales, algunos consiguieron sobrevivir en Persia y a principios del siglo xx quedaban unos pocos en Quhistán (al sur del mar Caspio y en el norte del actual Irán, cerca de la provincia de Qazvin). Aparentemente, los imanes nizaríes continuaron viviendo en secreto tras la caída de Alamut, desde donde enviaron misioneros a la India en el siglo XIV. (Macchiavelli, Hugo Ariel; “Sociedades Secretas – Enigmas y misterios develados”, Buenos Aires, Andrómeda, 2005).

El fundador de la secta de los assesinos

Hassan Sabbah fue el precursor y líder de la secta de los asesinos.

El precursor y líder de los assesinos fue Hassan Sabbah nació en Persia alrededor del año 1034, desde niño se dedicó al estudio de la teología, y podemos considerarlo erudito, hereje, místico, assesino, asceta y revolucionario, “… Luego declararía ser la encarnación de Dios en la Tierra. Disfrutó de una educación privilegiada para su época; a los 17 años de edad se convirtió en ismailita cuando durante su viaje a Egipto abrazó la doctrina chiíta. En 1076 se estableció en El Cairo y durante tres años prosiguió su formación teológica. Comenzó a predicar y ganar prosélitos para su causa.

Entendía que para defender al movimiento y luchar contra la herejía era necesario formar una élite de combatientes dispuestos a matar y morir por la causa.

Finalmente, al abandonar precipitadamente la región a causa de problemas políticos, recaló en Persia y mientras buscaba una residencia permanente, encontró una fortaleza aislada en lo más alto de las montañas de Qazvin (ciudad de Irán situada al noroeste de Teherán, en la provincia de Qazvin), y este castillo (llamado Alamut) se convirtió en el lugar ideal para albergar la nueva secta que Sabbah estaba a punto de formar: los ismailitas nazaríes. Así, junto a los muros de Alamut creó el jardín legendario de los placeres terrenales, una especie de paraíso de Alá que desempeñaría un papel muy importante en los ritos iniciáticos de los hashishins (palabra árabe de la que derivaría el término assesinos).

A medida que sus hazañas culminaban en éxitos, el comportamiento de Hassan Sabbah fue haciéndose más misterioso. Después de afianzarse en Alamut, vivió el resto de su vida encerrado en la fortaleza. Se dice que abandonó sus aposentos solo dos veces durante este período. Sus ambiciosos y secretos planes, más que a la avaricia o a la megalomanía, se debían a su fanática devoción ismaelita.

Hassan exigía a sus seguidores una dedicación constante. Era tan severo que hizo ejecutar a sus dos únicos hijos: uno por beber, y el otro por cometer un asesinato que no había sido ordenado.

El viejo de la montaña murió en 1124, a los 90 niños de edad. Luego de haber matado a sus herederos potenciales, designó a dos generales para continuar su obra. Uno asumió el control de los elementos místicos de la orden, mientras que el otro se encargó de los asuntos militares y políticos.

En la actualidad, los ismaelitas aun existen y son liderados por Aga Khan, una de las figuras más progresistas del Islam.

La secta que creara Sabbah tuvo un impacto significativo en todas las sociedades secretas que vendrían después. Durante las cruzadas, los hashishins lucharon a favor y contra los cristianos, según beneficiara a sus planes. Consecuentemente, los cruzados importaron a Europa los métodos de los assesinos, que servirían como modelo de numerosas sociedades secretas occidentales. Los templarios, el Priorato de Sión, la francmasonería, los rosacruces parecen deber su eficacia organizativa al trabajo de Hassan. De hecho, los célebres illuminati tuvieron su origen en el aspecto místico de la orden hashishin”. (Macchiavelli, Hugo Ariel; “Sociedades…cit.)

Los sicarios en la actualidad

El criminal mata a cambio de una suma de dinero o de una prerrogativa que lo beneficie patrimonialmente. Obviamente se trata de un delito que se produce por un mandato de quien paga y que ejecuta quien recibe o se beneficia, lo que supone la intervención de al menos dos sujetos y ambos devienen responsables ante la Ley. A estos personajes se los denomina frecuentemente (más allá de lo estrictamente jurídico) autor intelectual y autor material.

Hay casos en que el acuerdo previo no debe entenderse para un hecho exclusivamente, sino para varios e indeterminados crímenes. De ese modo debemos entender que quienes son empleados o dependientes del autor intelectual, en cumplimiento de un requerimiento suyo, también obtendrían un beneficio al matar bajo su mandato: su sueldo. Este es el principio de operatividad de las organizaciones criminales y de esta forma hallamos la acepción de sicario: asesino asalariado.

Si alguien conoce quien es su enemigo, podrá precaverse, en cambio, si no se sabe en que individuo puede estar oculto el sicario asalariado, se temerá a todos o peor aún…tal vez a ninguno.

Estos criminales diagraman su modus operandi al momento de asesinar de manera de poder maniobrar libremente para que la agresión no les importe un mayor riesgo por las características de la víctima o por su estado de indefensión.

La mayoría son hombres, porque éstos tienen una carga genética menor que las mujeres por sentir pertenencia y amor, así como una mayor necesidad de protagonismo en un ambiente donde su comportamiento es de obediencia a ultranza para asistir a la búsqueda incesante de poder y control. Para ello, ante la orden,  no dudan en humillar a otros, robarles o violentarlos hasta el extremo de su muerte.

El sicario hiere, lesiona en lo físico a las personas, muchas veces prolongando su acción sobre elementos muebles o inmuebles, pertenecientes a ellas. Es, por lo tanto agresivo, cruel y destructivo, pero al mismo tiempo cobarde. El mal que produce es indiscriminado; todo es bueno para la descarga de su perversidad la que ha estado aguardando la liberación que su mentor a través del mandato le otorga. Posee necesidades distintas y códigos propios.  El sicario no desconoce la valorización general, es decirla Ley, no obstante antepone su escala de valores con respecto a los demás. No tiene sentimiento de culpa o vergüenza (ésta ultima es la manifestación social de la primera), para él no hay cuestionamiento de su conducta y varían los objetos ocasionales pero su acción es la misma.

Como vemos su grado de perversión lesiona más a los individuos que a sus sentimientos pues realiza una cosificación del otro, que no es considerado por él como un igual, es algo inferior, neutro, a usar, “sólo se puede matar cosas”, para él no son personas.

No toleran el fracaso y menos aún la frustración. Pueden ser de nivel intelectual alto, mediano o nulo. Cuanto más alto, más hábil serán para planificar sus crímenes, desdibujar su verdadera personalidad ante la autoridad y así burlar la acción dela Justicia.

En las relaciones ordinarias de la vida, el hombre que genera mayor temor es el sicario remunerado.

*Perito en documentología y doctor en Police Science (Los Angeles, EE.UU.), especialista en criminología, en medicina legal y policía científica (Salamanca, España), Comisario Inspector de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (R) y miembro del SEIT (Servicio Especial de Investigaciones Técnicas).

 


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