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Yo también fui

Por Fernando Torrillate

Entre las condiciones que hicieron posible a los represores perseguir, secuestrar, encerrar, torturar y asesinar a miles de personas en la segunda mitad de los ’70 y parte de los ‘80, una muy seria es la que atañe a la propia sociedad, más específicamente a la suma diversa y plural de hombres y mujeres sin pertenencia formal a ninguna organización ni corporación poderosa. El silencio de una inmensa mayoría, con honrosas excepciones que no es necesario reiterar aquí, fue una condición facilitadora de la masacre sistemática. Esa corresponsabilidad con el horror se agrava aún más al negarnos a repasar nuestro rol en aquellos años.

El asunto tiene sus explicaciones. Asumir que a uno le cabe algún grado de responsabilidad indirecta en la apropiación de bebés, la aplicación de tortura o el asesinato de personas, tiene un costo subjetivo demasiado grande. Como la cuestión nos roza de una u otra forma, solemos validar el argumento de que en esa época no te enterabas de nada, como si los allanamientos, las razias o los fusilamientos hubieran tenido lugar en un inframundo inaccesible desde nuestras casas y nuestros barrios. Razones para esa negación existen muchas, y gran parte de ellas hacen comprensible un fenómeno social que está lejos de ser argentino y contemporáneo. Huelga enumerar casos similares alrededor del planeta y a lo largo de toda la historia de la humanidad.

Al margen de esta reflexión quedan otros sectores sociales, como los empresarios, los eclesiásticos o los propios integrantes de “las fuerzas del orden”. Su protagonismo en el peor capítulo de nuestra historia está probado con creces, y gran parte de ellos ya debieron mirar de frente a la Justicia para dar cuenta de sus actos y omisiones. Pero nuestra responsabilidad, la de los hombres y mujeres “comunes”, es abordada con escasez y superficialidad. No es que sea equiparable a la culpa de los represores y sus cómplices directos. De hecho, no hubo un plan organizado por individuos “de a pié” para el mutis y la aceptación; fue una conducta derivada de la imposición del miedo, un silencio microfísico que se volvió funcional en la medida en que se ancló hegemónicamente en el tejido social. El terror caló tanto en aquellos años que el mayor legitimador del silencio fue el temor extremo.

Pero es falso que se ignorara qué estaba pasando. Existían pruebas claras de la espantosa represión ilegal: desde la sangre en las puertas de casas vecinas, hasta los gritos a la medianoche; desde familias enteras que no estaban más, hasta señoras girando alrededor de la Pirámide de Mayo; desde niños que empezaban a vivir con sus tías, hasta una fachada de una casa en la que se leía “madre terrorista”. Que semejantes evidencias no generaran una mayoritaria rebeldía contra el régimen no se puede explicar por una improbable ignorancia. No sabíamos la dimensión del crimen, pero casi nadie desconocía su existencia. El único atenuante fue la propagación del miedo, que hizo posible que otros sufrieran para no tener que sufrir uno.

¿A cuento de qué?

Invita a reflexionar sobre aquel comportamiento social, esta nueva moda “hágalo usted mismo” de reventarle de un zurdazo la cabeza al punga y retirarse unos metros para apreciar cómo se desparraman en el asfalto la masa encefálica, la sangre y los dientes del amigo de lo ajeno. Como en toda ejecución, aparece el atrevido que ofrece su puntín y sus nudillos para descargar la furia singular y grupal contra el presunto delincuente, aparece la claque que le pone clima al linchador al grito de “¡Matalo, es una rata!”, y también el intelectual, que no se mancha las manos ni los mocasines, que no alienta como un tribunero, pero que mira de reojo y reflexiona “¿Y qué querés? Si la justicia es un desastre. Entran por una puerta y salen por la otra. Y encima la yegüa les da planes Trabajar para que se lo gasten en paco”. No falta el que filma la agonía del criminal desde un smartphone y corre a viralizarlo en un bar con WIFI, para que, gracias a la nueva y moderna tecnología, millones podamos apreciar cuánto más efectiva es la justicia por mano y pie propios. De paso, demasiados programas pelean rating con imágenes de Homicidas en Acción y arman debates para ver si está muy bien, algo bien, poco bien o nada bien que se actúe unos escalones por debajo de la racionalidad de una manada de hienas hambrientas.

La convalidación del odio y del castigo indebido fluye naturalmente entre millones sin necesidad de andar prendiendo hogueras ni corriendo a los presuntos criminales machete en mano. Si el método de ejecución exprés se extiende y deja un tendal de unos cientos de chorros menos, seguro que no habrá logrado reducir la delincuencia (que encontrará métodos recíprocamente efectivos para neutralizar linchamientos), pero sí se habrá saciado una parte del flujo violento que circula por las venas de varios compatriotas. Cómo dijo alguna vez Roberto Galán, “es bueno que el hombre se exprese”; lástima que lo haya hecho con la punta de sus zapatos y en la trompa de otro que debería haber sido detenido y enjuiciado.

En el saldo, algunas familias, seguramente de barrios pobres, habrán perdido a algunos de sus miembros, algunos ejecutores excedidos habrán sido excarcelados aduciendo emoción violenta y varios millones habrán leído, escuchado y reproducido que esa etapa hardcore fue consecuencia de una supuesta falta de respuesta estatal al problema de la inseguridad.

No hay en estas líneas ninguna voluntad de equiparar al delincuente molido a patadas por una turba de civiles homicidas en defensa de la propiedad privada, con aquel militante secuestrado, torturado y asesinado por una patota al servicio de una dictadura que vino a concentrar la riqueza y consagrar la desigualdad. Tienen en común ser víctimas de juicios sumarios e ilegales, mediante los que se avasallaron y avasallan derechos constitucionales; pero los distancian sus acciones, así como el por qué y el para qué de las mismas. Y, por supuesto, el tipo de verdugo. Aquellos militantes populares conjugaron su destino en plural; no buscaron salvarse individualmente; actuaron para transformar la sociedad en la que vivían, no el auto en el que se trasladaban, las zapatillas que calzaban o la casa que habitaban; quisieron un futuro próspero para millones y no sólo para sí mismos.

En cambio la sociedad… Ay, nosotros… Otra vez diremos que no supimos o que no pudimos hacer nada. “¿Qué querías, que me mataran a mí?”, se excusó uno. No explicaba por qué dejó pasar que su vecino milico de un día para otro tuvo un “hijo”. Se estaba justificando de no haber hecho nada para impedir que varios tarados mataran a patadas a un ladrón en su glamoroso Palermo.

La descontextualización es funcional con el crimen de la turba, mal llamada justiciera. Necesitamos convencernos de que no hay conexión entre dar vuelta la cabeza y el final del pibito con el cráneo partido junto al cordón. Que no hay vínculo entre las miles de horas televisadas de cámaras ocultas donde borrachines muelen a otro a la salida de un boliche y esa banda amorfa, resentida y bestial que descarga su furia contra un delincuente que se quiso hacer la tarde afanándole la mochila a un incauto. Necesitamos creernos que podemos pronunciar o escuchar algo así como “negro cabeza” o “negro de alma” o “negro de mierda”, sin que eso signifique ninguna discriminación hacia los pobres, los morochos y los mal escolarizados. Necesitamos sentir que si decidimos seguir caminando fue porque nos echaban del laburo y no porque nos pareció poco importante la vida de un salame al que agarraron afanando.

El cómplice de hoy no tiene miedo como aquel de la dictadura. O bien cree que la paliza brutal es necesaria y ejemplificadora, o entiende que el asesinato en masa del chorrito es un mal menor frente a un Estado que supuestamente no se ocupa.

La inseguridad no es el flagelo más grave que vive el país. Es un problema importante que se corrige con políticas públicas integrales y a largo plazo, como las que se pusieron en marcha en la última década. Mucho peor que los índices de robo u homicidio es la hipocresía extendida y arraigada en demasiados argentinos y argentinas; porque corre con rapidez por los túneles del sentido común y es condición para que la violencia se naturalice y reproduzca.

Una sociedad que, ante la chance de debatir con seriedad un Código Penal eficaz y coherente, elaborado por profesionales probos de diversos orígenes, se deja llevar de las narices por las mentiras marketineras de un dirigente oportunista, ata su suerte a las mismas rocas que en el pasado la hundieron en abismos espantosos. Así y todo, el derrotero electoralista del candidato conservador es apenas una anécdota en el mar de complicidades de demasiadas personas que, más tarde o más temprano, volverán a decir “no sabía nada”, “yo no fui”, “algo habrán hecho”.

Fuente: Agencia Paco Urondo


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