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Cómo era en la intimidad Arquímedes Puccio, según el periodista que más lo conoció

Por Rodolfo Palacios.

Solía llamar por las tarde. Nunca supe por qué lo hacía. Quizá estaba aburrido (no acostumbraba a dormir la siesta) y buscaba divertirse con algo. Las charlas que tenía con él eran absurdas. Decía que tenía nueva novia, que planeaba viajar a Buenos Aires para seducir a jóvenes mujeres, y se imaginaba desfilando por los canales de televisión para contar su macabra historia. Un día llamó y dijo:

–Hola querido, habla Conchita Barreda. Te voy a cagar a escopetazos.

Y lanzó una carcajada contagiosa. Del otro lado de la línea estaba Arquímedes Rafael Puccio, jovial y cínico como siempre, un personaje grotesco y desdibujado que poco se parecía al monstruo que aparecía en las páginas policiales como el siniestro líder del clan Puccio, que en la vuelta a la democracia secuestraba y mataba empresarios en el sótano de su casa de San Isidro.

Conocí a Puccio hace dos años, cuando viajé a General Pico, La Pampa, donde vivía en libertad condicional. Lo entrevisté para la revista El Guardián. “Voy a vivir hasta los 120 años”, me dijo en esa charla. Era obvio que no iba a vivir hasta esa edad, pero lo decía con una convicción que uno podía creerle. “Tocá, tocá, mirá qué músculos tengo. No necesito tomar viagra para voltearme a las pendejas”, se jactaba.

Puccio era un ser despreciable. Si él hubiese leído esto que escribo sobre él (que es un ser despreciable), probablemente no habría dicho nada. Uno podía escribir sobre él cualquier cosa: que daba asco, que era un asesino frío o un miserable que nunca se arrepintió de sus crímenes. El viejo era inconmovible. “Hola amigazo, ¿así que yo le doy asco? En otra época lo hubiese retado a duelo, pero estoy dispuesto a darle un abrazo”, me dijo cuando leyó la entrevista que le hice para la revista El Guardián. Lo último que supe de él es que había tenido un ACV y que su novia, cuarenta años más joven que él, lo había abandonado. La muerte lo sorprendió más solo que nunca, en su cama.

Puccio con el autor de la nota. (Foto Nacho Sánchez).

Puccio con el autor de la nota. (Foto Nacho Sánchez).

“¿Qué muerte me gustaría tener? Me gustaría morir teniendo sexo”, me confesó una vez. Pero el final lo encontró dormido. Puccio murió la madrugada del 3 de mayo en una pequeña piecita de General Pico, La Pampa, donde estaba en libertad condicional. Puccio era el siniestro líder de un clan familiar que secuestraba y mataba empresarios. Tenía 84 años.

En marzo, me enteré de que había sufrido un desmayo. “El viejo tuvo un ACV, quedó postrado en una cama, pero está lúcido. Me dijo que quiere que le hagas una nota”, me avisó uno de sus nuevos amigos pampeanos. También me dijo que su novia Graciela, 45 años menos que él, lo había dejado. Puccio enfrentaba sus últimos días en soledad. Lo volvió a rescatar un pastor evangélico que lo visitaba en la cárcel.

Puccio casi no tenía pertenencias. Dos pantalones, un jogging, un par de zapatos, un par de zapatillas, dos remeras,  tres pulóveres, una remera, un traje y dos camisas. Y unos 50 libros. Había leído «El ángel negro», sobre Carlos Eduardo Robledo Puch, el ángel de la muerte que mató a once personas en 1972, y llegó a criticarlo porque era la historia de “un paria”.

Le gustaba plantear teorías extrañas, o no tanto. Decía que había hecho una tesis que demostraba que los guardiacárceles terminaban contagiándose del lenguaje y de las costumbres de los presos.

Aunque el viejo vivía en la miseria, nunca se mostraba vencido. Decía que ejercía como abogado civil y anunciaba que quería volver a Buenos Aires. “Soy un mujeriego incurable, me he acostado con cientos de mujeres. Ahora estoy saliendo con una gordita. Me dejo las uñas largas para acariciarle las tetitas, la corro como un sátiro por la pieza y ella se deja alcanzar la muy turra”, me llegó a decir en esa entrevista. Ese día comimos asado y tomamos vino. Puccio hablaba sin parar y pese a ser un desdentado, comía carne como un desesperado. A la noche comimos las empanadas de carne que cocinó. Se dejó fotografiar por Nacho Sánchez durante varias horas. En esas fotos puede verse su mirada penetrante, y una cara con pocos rasgos de humanidad.

En un momento de la nota, nombró a Hitler y se puso de pie en su honor. Luego al Che Guevara y también se paró. Lo mismo hizo con Fidel Castro y con Perón. “Son hombres que han cambiado la historia y por lo tanto merecen mi respeto”, dijo con tono firme.

Durante un año hablamos varias veces por teléfono. Solía hacer bromas: además de llamar haciéndose pasar por Barreda, le gustaba preguntar por algunas de las chicas de la redacción, que cada tanto le atendían el teléfono. Nunca olvidó sus nombres. Llamaba por teléfono y decía: “¿Están Yamila, Anahí y Micaela? ¿son lindas? ¿cómo andan? Cuando vaya a Buenos Aires quiero invitarlas a salir”, decía para espanto de esas mujeres.

Cuando me llamaron para contarme que quería verme, no sospeché que estaba ante sus últimos días. Pensé en viajar, pero lo postergué para más adelante. Tampoco me parecía decoroso retratarlo postrado en una cama, balbuceando vaya a saber qué cosa, envuelto en la miseria y en la viscosidad de sus actos del pasado.

Historia de terror

El clan Puccio cayó el 23 de agosto de 1985, en San Isidro, después de que un grupo de policías armados con pistolas y ametralladoras irrumpiera en el caserón de Martín y Omar 544, frente a la sede del Club Atlético de San Isidro (CASI).

Arquímedes fue detenido con sus cómplices, entre ellos sus hijos Daniel “Maguila” y Alejandro, talentoso wing tres cuartos del CASI, el tradicional equipo de rugby de San Isidro, y ex jugador de Los Pumas, quien murió hace seis años. Daniel estaría fuera del país.

Los vecinos creían que la familia era inocente. No podía ser que el señor Puccio, que los domingos iba a misa vestido de traje, hubiera arrastrado a los suyos al delito. Sintieron horror cuando se comprobó que entre 1982 y 1985, los Puccio habían secuestrado y matado a los empresarios Ricardo Manoukian, Eduardo Aulet y Emilio Naum.

Puccio murió mientras dormía. Es la muerte soñada por muchos. Lo encontró su amigo, que pensaba darle la medicación. Se dice que lo van a enterrar en una fosa común del cementerio municipal de General Pico. Hasta esta tarde, ningún familiar (la Justicia contactó a una sobrina) quería hacerse cargo de su cuerpo. Es probable que nadie lo haga. Puccio es indeseable aun después de muerto. Nadie lo llorará. Creo que de haber podido, ni él hubiese llorado su propia muerte.


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