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Un sueño, una convicción

Por Claudia Neira

En algún lugar de la Ciudad, a esta hora, una niña de 15 años cambia el pañal de su hijo. Su “marido”, un niño de la misma edad, se fue a hacer una changa o tal vez “salió con el carro” para llevar algo a casa.

A esta hora, muchos chicos ya están “ranchando”. No van al colegio desde hace tiempo y sus amigos tampoco. Pasan lentas las horas en el barrio y algunas veces, con droga y alcohol.

A pocos metros, está la canchita de fútbol llena de pibes jugando, sin cansancio, sin horario… Y enfrente, el comedor esperando para darles comida y consejo a todos; porque comer en casa, cada día es más difícil.

En unos días, muchos chicos y chicas comenzarán el colegio. Algunos, cada vez menos, con su mochila nueva, su cartuchera y los lápices a estrenar. Otros, con lo que quedó del año pasado, lápices cortitos y cartuchera vieja. Y algunos, ni siquiera empezarán el colegio, porque no tienen los útiles, el delantal o el dinero para viajar. La mamá está tratando de comprar las zapatillas y quizás, lo conseguirá un poco después del comienzo  de clases. Muchos chicos y chicas a esta hora no tienen vacante o la tienen tan lejos de su casa, que es imposible llegar. Algunos empezarán días más tarde. Otros nunca.

A esta hora, varios pibes duermen en la esquina de mi casa, en colchones sucios y abandonados. La gente les acerca comida, los esquiva al caminar, los asume como parte de una Ciudad que duele. Transcurren una vida sin colegio, sin horarios, sin deporte, sin destino.

Cientos de chicos ven pasar las horas en uno de los más de 40 Hogares para Niños y Adolescentes del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Fueron abandonados, sufrieron violencia de sus familias y no tienen con quien vivir. No infringieron ninguna norma, son víctimas, pero el Estado no tiene para ellos una vida mejor. En algunos hogares, no pueden comunicarse libremente con el exterior, no pueden tener su celular, ni salir sin permiso y supervisión. Pasan días sin salir a la calle, muchas veces “se cortan” los brazos y una y otra vez escapan para volver a ingresar. Una y otra vez, hasta que deben salir a una vida que desconocen.

Otros están en Institutos de Menores, antesala de las cárceles en las que, en muchos casos, terminarán. Otro fracaso del Estado que nadie intenta modificar.

En la Ciudad más rica del país se vive esta realidad. Los pibes y las pibas no son prioridad, no están en la agenda. Son adultos antes de tiempo y el futuro les cuesta, empiezan de atrás y lo tienen difícil. Cada vez más difícil en este país para pocos. Esta realidad no puede seguir. Hay que cambiarla. En lo que viene, en el país y la Ciudad que soñamos, los pibes y las pibas están primero.

Hay que construir un Estado que trabaje en serio por el futuro. Que no nos mienta diciendo que se va a resolver la inseguridad bajando un año la edad de la imputabilidad, mientras fracasa una y mil veces en sus políticas para los y las jóvenes.

Un Estado que trabaje para que a ningún niño o niña le falte lo necesario para ir a la escuela: la comida, la ropa, los útiles. Que en el verano, garantice colonia de vacaciones para que los y las adolescentes no estén en la calle. Que promueva el deporte y la cultura en los barrios. Que modifique el sistema de hogares para que esos chicos y chicas encuentren un lugar donde ser felices. Que trabaje en serio con los chicos y chicas en situación de calle.

Un Estado que garantice educación sexual integral y aborto legal seguro y gratuito. Y también un proyecto de vida, sueños e ilusiones, para niñas que tienen mucho por vivir antes de ser madres.

Un Estado que piense el trabajo del futuro, también en función de chicos y chicas que vienen de un lugar lleno de obstáculos, pero que pueden trabajar, estudiar, ir a la Universidad, hacer deporte, arte y tantas otras actividades, si se los acompaña. No nos digan que no es posible. Cuando se les da la oportunidad, los pibes y las pibas hacen cosas maravillosas.

* Dirigente del NEP (Nuevo Espacio de Participación).

Fuente: Página 12.

 


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