| Columnistas

Macri agita el “riesgo Cristina” para mantener abierta la última canilla

Por Alejandro Bercovich

El presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, parecía sorprendido por el declive del Presidente en las encuestas para el año que viene. Fue el domingo pasado en Basilea, Suiza, cuando recibió a su homólogo argentino, Guido Sandleris, que venía de un largo periplo por China. El flamante jefe del Banco Central intentó explicarle el impacto social de la crisis y hasta tuvo que interrumpir los elogios del italiano para admitir que el Gobierno también había cometido errores, como empezó a reconocer también acá. Pero Draghi, como la francesa Christine Lagarde, cree que los tres años de Macri al frente de la Rosada fueron ejemplares.

Lo que llamó la atención de Sandleris es lo mismo que había sorprendido a su antecesor, Luis “Toto” Caputo, cuando asumió tras la primera corrida cambiaria en lugar de Federico Sturzenegger. Habituado al roce con financistas de Wall Street pero no con burócratas de organismos financieros multilaterales, Caputo solía bromear con Macri por whatsapp sobre que lo querían más afuera que en el país. Los fondos de inversión tienen menos rodeos: saltan de la euforia al pánico cuando los números de las pantallas pasan del verde al rojo. Los jerarcas del Fondo, el Banco Mundial o el BCE, en cambio, sopesan antes de opinar los intereses geopolíticos de los países ricos que los controlan.

El respaldo sin fisuras de esos países poderosos es lo que Macri procura exhibir en la cumbre presidencial del G-20, en dos semanas. Es el premio que espera cosechar después de un año de minicumbres preparatorias y de encuentros paralelos que para después de la cumbre ya le habrá costado más de $ 3.000 millones al Estado. Casi lo mismo que el Presupuesto asignó para Aerolíneas Argentinas en 2019. Una seguidilla de reuniones elegantes y cócteles donde la élite de la burocracia global se deleitó con los vinos y la carne argentina. Como el propio Roberto Cardarelli, director del FMI para el Hemisferio Occidental y confeso sibarita, que ya tiene hasta un terroir favorito: el paraje de Gualtarally, en el Valle de Uco, cuna de caldos multipremiados como el cabernet franc Gran Enemigo o el malbec de Finca Adrianna.

Efecto Cavallo

El superpoderoso Nicolás Dujovne, dueño de una influencia inapelable dentro del Gobierno desde que convenció al Fondo Monetario de firmar un segundo acuerdo con Argentina y logró deshacerse de Caputo en el mismo pase de magia, es hoy el centro de todas las miradas. Como Domingo Cavallo o Roberto Lavagna en sus mejores momentos, ya se mueve como un primus inter pares en el gabinete. Se vio con nitidez en las negociaciones del Presupuesto, donde jugó en tándem con el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, pero donde la última palabra la tuvo casi siempre él.

Hubo rispideces, como en toda discusión con interlocutores varios, pero al interior del gabinete primó la paz. Frigerio solo se le impuso a Dujovne a la hora de restablecer los beneficios fiscales a las petroleras con proyectos en Tierra del Fuego, algo con lo que no estaban de acuerdo el superministro ni el ahora asesor presidencial Gustavo Lopetegui. El Presidente laudó a su favor porque le creyó que así conseguía los votos fueguinos para el Presupuesto, lo cual efectivamente garantizó. La señal política de un subsidio a proyectos petroleros no era la mejor, en pleno ajuste presupuestario, pero Frigerio tenía razón: tampoco se armó tanto escándalo.

Quizá se arme algo de lío si Mirgor, la compañía que fundaron de jóvenes los amigos Nicolás Caputo y Mauricio Macri, aprovecha el año que viene ese beneficio fiscal multimillonario asociada con la francesa Total. Tal como descubrió el portal Econojournal, ambas compañías reflotaron juntas un antiguo megaproyecto petroquímico para fabricar urea granulada en territorio fueguino. El lobby para que el Estado ponga la plata estuvo a cargo de Mirgor, un sostén indispensable de la gobernadora Rosana Bertone.

Al margen de ese episodio, la tijera dujovniana fue la que cortó el molde del Presupuesto. Más que a los gobernadores, al Congreso o al electorado, en realidad, el jefe del Palacio de Hacienda habla hacia afuera. Macri mantiene la canilla abierta del Fondo Monetario y de los demás organismos multilaterales y agita el cuco de Cristina para que no se corte, pero con ese chorro de dinero no alcanza. El programa financiero del año próximo prevé que un 60% de los vencimientos de deuda en dólares se refinancie y para eso hace falta que vuelvan los valientes en Wall Street.

Así debe leerse la muy desafortunada frase que dejó el ministro en el 50mo aniversario de la Comisión Nacional de Valores ( CNV), que minutos después lamentaba: “Nunca se hizo en Argentina, sin que caiga el Gobierno, un ajuste fiscal de esta magnitud”. Era un mensaje para los prestamistas internacionales privados. Para esos financistas a quienes les resulta indiferente el ajedrez geopolítico del G-20 y que solo pretenden que haya plata para devolverles lo que prestan más los intereses. Solo que el mensaje fue en castellano, ante las cámaras y a metros de la Plaza de Mayo.

Fantasmas

Fuera de palacio, el plan económico sigue haciendo estragos. La inflación de octubre, que difundió ayer el INDEC, es un mazazo difícil de disimular. En 2018 ya lleva acumulado un 39,5% y todavía faltan dos meses. Sin dudas va a superar el récord de 2002, cuando el costo de vida trepó 41% en todo el año. Para encontrar un alza de precios mayor hay que remontarse a 1991, el año en que entró en vigencia la convertibilidad. Y encima golpea donde más duele: los rubros que en octubre crecieron más que el promedio fueron vivienda y servicios (8,8%), transporte (7,6%) y alimentos y bebidas (5,9%).

El torniquete monetario que fijaron Dujovne y Sandleris para frenar esa inercia de los precios llevó las tasas de interés hasta el cielo y agravó la recesión hasta límites insospechables, que esta semana se expresaron en las pérdidas que registraron para el tercer trimestre empresas emblemáticas como Arcor ($ 3.500 millones) o Molinos ($1.107 millones). El dueño de Arcor, Luis Pagani, hizo un reproche velado al recibir el martes el premio Konex de brillante en la Facultad de Derecho de la UBA: “Se lo dedico a todos los industriales que ponen el hombro para salir adelante”, soltó.

Otros industriales, como Teddy Karagozian, que ya cerró la mitad de sus fábricas de hilados por la importación, son menos diplomáticos. “Así como la violencia de género requirió que las mujeres denuncien lo que estaba sucediendo, los empresarios de Argentina debemos mostrar a la sociedad lo que está sucediendo con las empresas”, tuiteó. Grandes magnates de los servicios, como Eduardo Eurnekian, también patalean por el rumbo económico. Al zar de los aeropuertos y jefe del Grupo América le toca además lidiar con el ministro de Transporte, Guillermo Dietrich, quien el miércoles lo chicaneó tres veces adelante de sus colegas en el Consejo Interamericano del Comercio y la Producción (CICyP) por los proyectos de obras con Participación Público Privada (PPP) que Eurnekian quiso abandonar y él lo obligó a sostener, aún a pérdida. Antes, Guillo había destacado el auge que atraviesan la llegada de cruceros y el turismo receptivo de los extranjeros aficionados al birdwatching.

Ante empresarios como Karagozian, Pagani o Eurnekian, el Gobierno también agita el fantasma de Cristina. Es casi la única razón por la que lo volverían a apoyar. Lo admitió hasta Felipe Solá, uno de los precandidatos presidenciales que juega con la bendición de la antagonista predilecta de Jaime Durán Barba, en un bodegón de San Telmo anteanoche: “Las elecciones no son una pelea ganada. El gobierno difunde encuestas en las que gana Cristina para infundir miedo”. Un giro llamativo en boca de un neokirchnerista.

Fuente:BAE


Compartir: