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La sonrisa de Bullrich: la celebración del gatillo fácil

Por Esteban Rodríguez Alzueta

Dijo Patricia Bullrich: “Vinimos a ratificar nuestro compromiso, a decirle que no está solo. Las declaraciones fueron vertidas en su cuenta de la red social Twitter, después de visitar al policía procesado y embargado por ejecutar a un joven por la espalda meses atrás. Esta vez estuvo acompañado por Gerardo Milman (jefe de Gabinete del Ministerio) y la senadora Gladys González. Su caso – escribió la Ministra- abrió el camino para que se cambien los prejuicios, y dejen de poner al policía como culpable cuando defiende a la gente”.

Hay apellidos que sobreviven a su portador, que tienen la capacidad de fechar una época hasta convertirla en una marca registrada, un signo, una identidad. El macrismo estará asociado a varios nombres y, seguramente, en materia de seguridad, uno de ellos será “Chocobar”. Chocobar es el nombre de la prepotencia de una gestión que piensa la seguridad a través de los hechos consumados. Una gestión de facto, donde los actos administrativos no suelen publicarse en el Boletín Oficial y tampoco en la página del Ministerio. Una gestión que hizo de la informalidad una manera de estar en la política. Eso sí, una gestión amparada y blindada por el periodismo empresarial.

La sonrisa es la marca que distingue y caracteriza al macrismo. Un gobierno que encontró en la simpatía, en la pose desacartonada y canchera de su entrenado staff, la manera de disimular el autoritarismo, pero también de interpelar el odio profundo y el resentimiento de la vecinocracia secretado impacientemente en las últimas décadas frente al televisor. La sonrisa sonsa del Presidente contrasta y se completa con la sonrisa torcida y sobradora de la Ministra de Seguridad. Cada funcionario macrista tiene la sonrisa que necesita su gestión. Todas esas sonrisas son una manifestación del cinismo, pero cada uno le imprime su propio estilo. El estilo de la Ministra de Seguridad, es marcial y patotero, la sonrisa de alguien que sabe que está cargado, y no tiene reparos en corrernos con un “¡quiero vale cuatro!”.

Una sonrisa que imita la ironía del periodismo para todos, que desafía la seriedad republicana y pisotea a la alegría popular. Una sonrisa que viene a decirnos que no tenemos que ser tan serios, que hay que descontracturarse un poco. Porque en última instancia, la sonrisa del macrismo, es la expresión de una revancha de clase que encuentra en la celebración del gatillo fácil, en la formulación de la doctrina Chocobar, una amenaza para todo el piberío, la negrada y la militancia.

Hasta ahora las policías se venían manejando con cheques grises, la novedad de la llamada doctrina Chocobar, es la instauración de los cheques en blanco. La doctrina Chocobar es una manera de vacacionar el estado de derecho, de licenciar la fuerza de ley, de exceptuar a las policías a tener que rendir cuentas por sus actos, de poner a la fuerza más allá de cualquier formalidad. No importa lo que digan las leyes o la Constitución Nacional, el sentido común de la vecinocracia está por encima de todo, es un punto de apoyo moral para el destrato y el maltrato policial, pero también el mejor paraguas político para la brutalidad policial, que reclama y habilita la violencia letal. El gobierno no se maneja de acuerdo a la razonabilidad de las leyes sino con la indignación de la gente, testeada periódicamente en los grupos focales, y que solemos averiguar en las bravatas que la opinión pública vierte en los comentarios de los lectores a las opiniones del periodismo paraempresarial. La doctrina Chocobar es una patente de corso para la violencia policial. Una licencia que se concede cuando la protesta social y la desocupación empiezan a templar los ánimos.

*Esta nota fue publicada en la Agencia Paco Urondo el miercoles 15 de agosto de 2018.


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