| Columnistas

De la boca para afuera

Por Soledad Vallejos

Nos horrorizamos con Cacho Castaña porque pensó que la frase “si la violación es inevitable, relájate y goza” era un chiste que podía pasar impunemente del aire televisivo al olvido sin más que alguna risita y quizá algún qué loco este Cacho, siempre tan ocurrente. No decimos ni mú de que en cualquier programa futbolero Héctor “Bambino” Veira haga y reciba chistes (disculpas: “chistes”) acerca de su actividades o preferencias sexuales, ni siquiera cuando eso incluye referencias más o menos elípticas a la condena (tres años de prisión, de los cuales solo cumplió diez meses y en la cárcel de Devoto) que recibió por tentativa de violación contra un chico de 13 años. Manda el rating.

Pegamos un poquito el grito en el cielo porque Mariano Iúdica, conductor del programa en el que Castaña pretendió ser gracioso ayer al mediodía, lo justificara porque “Cacho es así. Yo te conozco, Cacho. Sé en qué concepto lo decís porque ahora te van a sacar de contexto”. Y sin embargo, luego de que la actriz Calu Rivero denunció que un actor mucho mayor, pero que todavía juega de galán, solía acosarla sin desmayo mientras grababan una tira, ninguna audiencia sancionó (como saben hacerlo las audiencias: con el vacío) al canal que salió a respaldar en bloque a ese señor; ninguna audiencia sancionó, tampoco, que a Rivero se la cuestionara más que a la persona a quien denunció como victimario. Más bien lo contrario, porque ante todo el reflejo machista es cuestionar a la víctima: ¿por qué habla recién ahora?, ¿por qué así?, ¿por qué no llora más?, ¿cómo una víctima no cuadra con el lugar de la pobrecita, cómo se sacude el estigma, cómo no busca compasión sino justicia? Hay que entender: el señor señalado es protagonista de un programa que aquel canal estrenará en breve; hay dinero en juego.

Nos incomoda que ayer, en lo de Iúdica, sus compañeros de programa buscaran bajar intensidad  a la observación del panelista recién estrenado y que tuvo el reflejo de preguntarle a Castaña “¿sos conciente de que la frase que dijiste es desafortunada?”. Tal vez hasta nos incomode que Castaña le haya respondido a ese panelista “dejate de joder. Aprendé a escuchar, gil. Si querés venir a patotearme a mí, tenés que nacer de nuevo”. Pero no decimos nada de que, mes y poco después de que arreciaran las denuncias por acoso sexual por parte de mujeres de su entorno laboral, Ari Paluch volvió a firmar contrato para otra temporada de su programa de radio (en el que, dicho sea de paso, es una voz apta todo servicio de justificación de violencias machistas, como sucedió con el caso de Alexis Zárate, el futbolista finalmente condenado por violación). Claro: mientras duró la tormenta, Paluch siguió teniendo un público fiel; su programa en esas semanas no cambió un ápice.

Ayer estaba leyendo la transcripción de algo que había escuchado en vivo, tarde, el domingo: el discurso de Oprah Winfrey en los Golden Globe. Quería saber por qué me había emocionado: ¿era lo que ella decía?, ¿era cómo lo decía?, ¿era porque llevaba escuchando como dos horas de premiadas reclamando por los derechos de las mujeres?, ¿porque eran muchas, de todas las edades, las que agitaban la consigna Time’s up? No sabía. Entonces busqué y leí. Exactamente en el momento en que volvía a emocionarme porque descubría que el discurso de Winfrey era perfecto (la estructura, la cadencia, las ideas, la fuerza sobria), una amiga me avisó lo que acababa de pasar con Castaña en la tele del mediodía. Inevitable: las horas que siguieron las pasé entre monitoreando y chusmeando qué pasaba con eso en redes sociales, en la web, en la tele. ¿Repudios? Sí, repudios. ¿Alguna canchereada de bancarlo porque todavía hay quienes creen –zzz– que eso es incorrecto y rebelde? Canchereada sí, también. ¿Algún “bueno, veamos bien cómo fue”? Algo de eso, sí. Las repercusiones incluyeron al propio Castaña diciendo en un video casero “disculpas si ofendí a alguien, no era mi intención”, que cualquier enciclopedia podría citar para ejemplificar cómo no presentar disculpas y, en cambio, culpar de la ofensa al ofendido.

Mientras las mujeres de Hollywood y la industria televisiva norteamericana ganan por mérito y fuerza propia un espacio que se les negaba, acá dudamos. De la boca para afuera se glorifican algunas acciones que desafían el machismo, pero siempre y cuando no sean “radicales”, “excesivas”, “fundamentalistas”. Todavía el mercado local teme al feminismo, aunque le sigue pareciendo de buen tono reivindicar el #NiUnaMenos. Contra las mujeres, todavía se toleran ideas, accciones, omisiones, que no se tolerarían contra otros colectivos sociales, porque el racismo y  el antisemitismo –por pensar en dos mentalidades estructuradas en torno a la discriminación– sí son sancionados rápidamente.

Y sin embargo hay otra cosa: más allá de las palabras que pronunció, lo que Winfrey demostró el otro día en ese escenario fue que sí es posible aliar al mercado, los productos mainstream y las ganancias con una idea de responsabilidad social ante los derechos de las mujeres y de las minorías. ¿Por qué todavía dudamos?

Fuente: Página 12.


Compartir: