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Mis balas de goma

Por Agustín Gulman

Son cinco y están distribuidas por todo el cuerpo. Para los amigos, familiares y quienes preguntan si duele: sí, duelen. Una pegó en la mano izquierda y me hizo un huevo repleto de sangre que aún no explotó. Otra está en el brazo derecho, una tercera en la entrepierna y otra en una rodilla. La última en el centro de la panza, todo un mensaje en época de dieta.

Me duele. Sí. Me arde. Los médicos que me atendieron me dicen que mañana me va a doler tal vez un poco más. Los corchazos me los pegaron mientras transmitía en vivo para el medio en el que trabajo hace casi tres años y del que formo parte desde su inicio, BigBangNews. No estaba arrojando piedras, para que sepan los pequebú de fachos que abundan en las redes.

Pasadas las cinco transmitía en vivo desde Lima y Avenida de Mayo. Orgullosos, los uniformados llenaban un camión hidrante. En vivo, repetí varias veces que daba la sensación de que todo se iba a pudrir. Una columna armada hasta los huesos esperaba, paciente, para actuar. Querían avanzar contra los manifestantes. Nadie les tiraba piedras, ni bombas, ni les disparaban. Simplemente los policías se morían de ganas de avanzar. Se les notaba en las sonrisas. En la mano pegada a la escopeta o al gas pimienta. Se aferraban a esos tubos, idénticos a uno que me habían arrojado en el rostro dos horas antes, a 200 metros del Congreso. Allí también transmitía en vivo. Terminé llorando y me fui a mojar la cara y tomar agua.

Un par de gritos los enfureció. Enviagrados, no lo dudaron: empezaron a tirar sin que mediaran más que un par de insultos. Empezaron a tirar aunque sabían que en el sector al que le apuntaron había mayoría de periodistas. Tiraban aunque nadie les había tirado nada. Tiraban porque están desbandados. Porque, no sé si lo recuerdan, pero desde hace varios meses la Policía de la Ciudad no tiene jefe. A José Pedro Potocar lo detuvieron por delitos de corrupción y asociación ilícita. Desde entonces, la jefatura de la recientemente creada policía porteña la ejerce Marcelo D’alessandro, actual secretario de Seguridad porteño.

Hace un par años cubro temas de política. En los últimos meses, diría que en el último año, escribí y seguí muy de cerca algunos temas que involucran a las fuerzas de seguridad. Hablo con jefes de las fuerzas, con sus voceros, con sus operadores, con funcionarios actuales y de gobiernos anteriores. Lo que vi el jueves y sufrí hoy no lo vi nunca. No me corran con la gilada de las piedras contra los policías. No es lo mismo, no lo justifico, pero ustedes saben muy bien que no es lo mismo, básicamente porque los uniformados tienen el poder de las fuerzas del Estado en todas sus formas. Y la impunidad.

Lo dije el viernes, y lo escribí y lo pensé muchas veces este año. Hoy lo reconfirmo y lo vuelvo a escribir: jamás voy a poder estar del lado del que reprime.


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