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El libro de Gandhi, los fierros de Carolina y la resaca holandesa

Por Alejandro Bercovich

La carta de cruel desamor con la que el veterano petrolero José Luis Sureda se despachó al renunciar contra su hasta anteayer jefe, el ministro Juan José Aranguren, acusándolo de “autoritario” y enemigo del “trabajo en equipo”, plasmó por escrito el fin de la etapa públicamente pacifista del Gobierno. Los modales rudos que el Presidente decidió adoptar hacia afuera para ordenar a su tropa luego del espaldarazo callejero del 1A son también los que empezaron a aplicarse puertas adentro. El budismo zen y las enseñanzas de Mahatma Gandhi y Nelson Mandela, que Mauricio Macri procuró imprimir como marca distintiva a su primer año de gestión, pasaron al arcón de los recuerdos.

La manifestación que sacó al oficialismo del estado de shock en que lo había sumido un marzo demoledor, que arrancó sin clases ni fútbol y con un racimo de movilizaciones en su contra, no fue el único detonante de ese cambio de actitud presidencial que empieza a derramar aguas abajo. También influyó la charla a solas que Macri mantuvo en Madrid con Mariano Rajoy, el mandatario derechista al que nunca dejó de considerar un referente. De ahí, según fuentes que trajinan el primer piso de la Casa Rosada, se llevó la idea de que “a los que se resisten hay que enfrentarlos o te pasan por arriba”. Frase que luego repitió textualmente ante su gabinete y que sus usinas se encargaron de propalar.

El giro belicista encierra un riesgo: que el clima interno se siga caldeando. En plena campaña eso puede agigantar una grieta que también se alimentó desde la cima del poder: la que divide al gabinete del “supergabinete” integrado por Marcos Peña y sus dos vices. El maltrato que prodigan Mario Quintana y Gustavo Lopetegui a ministros de diversas áreas genera rencores cada vez menos disimulables. No fue casual que un secretario de Estado, desde el más estricto anonimato, recordara ayer ante BAE Negocios que Lopetegui ya fue víctima de una devolución de gentilezas cuando su subalterno Martín Lousteau le “sopló” la presidencia del Banco Provincia en tiempos de Felipe Solá. “Todo vuelve y nadie es imprescindible. Esa vez (Santiago) Montoya le contó a Felipe que Gustavo era deudor moroso de ARBA y por eso lo vetaron. ¿Y si ahora alguien le va con otro cuento parecido a Macri?”, sonrió pícaro el funcionario.

Marcar territorio

Ese Macri desgandhizado es el que se pondrá al frente de la campaña junto a María Eugenia Vidal. La estrategia, que terminaron de pulir los ecuatorianos Jaime Durán Barba y Santiago Nieto tras la derrota del candidato al que asesoraron en su tierra natal, el banquero Guillermo Lasso, no deja lugar para los diplomáticos ni para los débiles de carácter. Es el “vamos por todo” del macrismo y tiene por objetivo a propios y a extraños, incluyendo a la convulsionada Unión Industrial, contra la que cargó sin nombrarla Mario Quintana en el Foro Económico Mundial el viernes pasado. Los industriales acusaron el impacto y no ahorraron críticas contra el nuevo apretón monetario que decidió Federico Sturzenegger apenas el INDEC confirmó el rebrote inflacionario del último bimestre.

A ese mismo giro se debe que en los últimos 15 días, Emilio Monzó haya sido definitivamente desplazado de las reuniones donde se definen las listas que llevará el oficialismo a las elecciones de octubre. De nada sirvió el alto el fuego que el presidente de la Cámara de Diputados negoció con Marcos Peña en enero. El jefe de Gabinete nunca dejó de desconfiarle. Ahora aprovechó los vientos de cambio para dejarlo otra vez a la intemperie. Su estrella en el firmamento macrista, aseguran, se apagó para siempre. Subieron en cambio las acciones de la blonda Gladys González, en quien Macri ve una pequeña Vidal en potencia.

El “vamos por todo” del macrismo tiene
por objetivo a propios y a extraños

Las herramientas de la campaña serán las tradicionales. El propio Macri llamó esta semana a la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, para encargarle que deje de lado los pruritos institucionales y reemplace el diálogo con los intendentes de cada distrito por la asistencia con recursos a los “propios”, que en muchos casos aspiran a desbancar a esos jefes comunales. “Si no queremos que nos peguen tanto, reforcemos la posición de los nuestros”, le comentó. Y le ordenó que ponga el foco en las 35 localidades del Conurbano que representan el 70% del padrón bonaerense y el 50% del nacional.

Peña avanzó en el mismo sentido en una reunión reservada que mantuvo con el subsecretario de Municipios del Ministerio del Interior, Lucas Delfino, uno de los jóvenes “sin tierra” que busca catapultarse a una intendencia, en su caso de Hurligham. “Sos el primero con el que me reúno por la campaña bonaerense porque siempre hablaste de la importancia del territorio”, le dijo, y preguntó: “¿Cómo ves el despliegue que venimos haciendo”. El hombre de confianza de Rogelio Frigerio se sinceró: “Lo veo tardío, pero si ponemos garra puede alcanzar”.

Máximas petroleras

-Todo esto que usted propone sobre liberalizar mercados y abrir la economía es muy bueno, pero ¿cuándo empiezan?

El planner de Shell, un ingeniero norteamericano que acababa de escuchar el discurso del Presidente en el cuartel general de la petrolera angloholandesa, no entendió las risitas que disparó su pregunta en el auditorio. Nada pudo hacer la reina Máxima para evitar la incomodidad que se apoderó del salón. La consulta no era irónica, aunque haya sonado así. Es la misma que expresaron más elegantemente los extranjeros que se amontonaron el viernes pasado en el Mini Davos del hotel Hilton. En esa tensión entre los apuros ajenos y los límites propios es donde navega el Gobierno sus ansiedades en torno a una economía que no arranca.

Pese a esa vocación liberal y antiintervencionista, la petrolera que condujo Aranguren durante más de dos décadas parece bien dispuesta a usufructuar su buena sintonía con el poder. Su estrategia para deshacerse de su actividad en el país, que adelantó este diario ex exclusiva el año pasado, tiene como socia a la YPF de mayoría estatal. Según fuentes que participan de la negociación, la oferta formal que hizo YPF para quedarse con sus estaciones y su refinería de Dock Sud no fue más que una ayudita con la que fijó un piso para que las multinacionales comercializadoras no intenten comprarla por menos de lo que la casa matriz aspira a obtener.

¿Accederá acaso el Gobierno a que YPF compre caros los activos de los que procura deshacerse la compañía que presidió durante tantos años su ministro de Energía, en plena campaña electoral y con el cimbronazo del Correo Argentino tan fresco en la memoria de los votantes? ¿Tiene YPF fondos frescos para concretar esa operación, que además debería cuestionar Defensa de la Competencia por la posición dominante en el mercado que terminaría por ocupar? ¿Aceptará Shell deshacerse de su cadena de estaciones de servicio, que controla el 25% de la “crema” del negocio (las naftas premium), sin adosar a ese combo su añeja refinería? Difícil. Y aún menos probable en la era el “vamos por todo” macrista.


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